jueves, 18 de febrero de 2010

Entrevista a Ricardo Foster

Acaso ya no queda nada por qué luchar

Acaso ya no queda nada por qué luchar. La historia, a simple vista, se nos muestra redimida de sus ancestrales penas ¿No es ese el mensaje que nos devuelve ver en los estantes de las megaslibrerias de los mejores Shopping´s la excelente edición que hizo Siglo XXI del Capital de Marx, por sólo citar un ejemplo? Las grandes teorías, ideas que otrora alentaron grandes movilizaciones y que también dejaron muchas vidas en su camino parecen ser vanos pero pintorescos recuerdos. El hecho de qué se vendan de modo masivo remeras con la cara del Che y no de Adam Smith no quiere decir que la revolución triunfó o tiene alguna posibilidad de hacerlo sino que demuestra la extraordinaria capacidad del sistema de hacer de sus símbolos más antagónicos objetos simpáticos que se pueden lucir con total libertad en el frente de cualquier entidad financiera. Risas les causa al capital esos jóvenes que creyendo revelarse se muestran desalineados y aturdidos por el chatarreo constante en sus oídos, escépticos del mundo o queriendo ver en la depresión algún mensaje disonante con este tiempo o que creyendo encontrar esperanzas abrazan las causas naturales o las fuman (hay que recordar para no ser injustos las palabras de Peter Capusotto: “Es esto o leer a Marcos Aguinis”). Nuestra era no es de rebeldía y destrucción sino de trabajo orgánico y construcción (contento Gerardo Martínez). Hoy los rebeldes serán los que construyan una sociedad más justa (y se bañen).
Pero estas palabras, chocantes muchas de ellas, no buscan enumerar motivos impresionistas ni expresar una desesperación. Lo que quieren con toda su voluntad es encontrar o reencontrar en esta contemporaneidad culturalmente decadente los caminos para un nuevo tiempo.
Pero ¿qué hacer?, pregunta de largo derrotero que lleva impresas desde su acuñamiento
las marcas de la estrategia y la esperanza (aunque algunos espíritus críticos, también llamados intelectuales, utilizaron la primera en partidas de ajedrez y la segunda en realizar tertulias). ¿Qué hacer? Antes que nada reconocer los elementos progresivos (tradiciones progresivas diría Echeverría) de nuestro tiempo. La democracia reúne a mi parecer una serie de elementos que son necesarios defender y profundizar sobre todo si hacemos retrospectiva de nuestro militarizado siglo XX .
Lo que resulta interesante pensar acerca del sistema democrático es su potencial para conformar una unidad doctrinaria (como lo quería Echeverría en el Dogma Socialista o Perón en su Conducción Política) pero que al mismo tiempo no tiene un carácter sectario. Pienso en esta doctrina unitaria (no unitaria de “salvaje unitario” sino como un conjunto de ideas y conductas que funcionen orgánicamente) como la base de una cultura democrática. Entendiendo a ésta como políticas estatales e institucionales pero también lineamientos de las actividades de las organizaciones sociales que refieran a hacer cotidianos los valores democráticos.
Creo que es necesario sobre todo darle contenidos densos a la libertad, que le den dirección para hacer la vida más digna y no más estupida y vacía (algunos creen que la libertad es luchar contra el transito lento, el yogurcito “SER” dice mucho de la ontología de nuestra sociedad). Nuestro desafío generacional es sostener y seguir generando los ámbitos donde expresar y promover activamente las ideas que hagan de cada aspecto de nuestra vida, el económico, el social, el artístico, el político ejes de una cultura democrática.

Sebastián